Florece lo que respetamos: Construyendo conciencia ambiental en nuestra institución
El respeto es el valor que constituye el elemento fundamental de las dinámicas sociales, debido a que va más allá de una simple cortesía o la obediencia ante normas establecidas; se presenta en la valoración de las ideas, derechos y sentimientos de los demás, y es capaz de transformar la interacción cotidiana en un espacio de crecimiento y aprendizaje mutuo. Su manifestación favorece la construcción de comunidades más estables y colaborativas, donde las personas pueden coexistir de manera armoniosa y asumir responsabilidades compartidas. Asimismo, el respeto actúa como un catalizador para el desarrollo personal y colectivo: quienes lo practican tienden a generar relaciones basadas en la confianza y la empatía, facilitando la resolución de conflictos y promoviendo la inclusión de diferentes perspectivas.
Durante los últimos años, la institución educativa Germán Vargas Cantillo, Fe y Alegría, ha demostrado un compromiso notable al invertir tiempo, recursos y esfuerzo en recuperar y mantener las zonas verdes que conforman las instalaciones. Los patios ahora cuentan con jardines bien cuidados, áreas con vegetación y un ambiente que representa una mejora significativa respecto a años anteriores. Este esfuerzo institucional merece reconocimiento, pues refleja una visión de futuro y una apuesta por crear espacios dignos para la formación de los estudiantes.
Sin embargo, toda transformación física requiere un complemento igualmente importante: la transformación cultural y de conciencia de quienes habitan esos espacios. Aquí surge un desafío compartido que invita a la reflexión de toda la comunidad educativa.
Recientemente, los docentes han implementado estrategias para fomentar el cuidado de las zonas verdes, como solicitar a los estudiantes que recojan la basura de los patios antes de ingresar a las aulas después del recreo. Esta medida, aunque busca resultados inmediatos, abre una pregunta importante: ¿cómo podemos avanzar desde el cumplimiento de una norma hacia una verdadera conciencia ambiental?
Según el Ministerio de Educación Nacional de Colombia, la educación ambiental se reconoce como "la vía más expedita para generar conciencia y fomentar comportamientos responsables frente al manejo sostenible del ambiente". Esto implica un proceso integral que va más allá del conocimiento teórico: requiere que los estudiantes desarrollen un sentido genuino de pertenencia hacia su espacio educativo.
Los estudiantes conocen, en muchos casos, la importancia de mantener limpios los espacios y han participado en jornadas de sensibilización. El desafío está en cerrar la brecha entre el conocimiento y la acción cotidiana, lo cual requiere tiempo, constancia y estrategias pedagógicas que conecten emocionalmente a los estudiantes con su entorno.
Es importante distinguir entre dos aproximaciones complementarias pero diferentes. Las medidas correctivas pueden generar resultados inmediatos y mantener el orden necesario para el funcionamiento institucional. Sin embargo, la educación ambiental genuina busca transformar la comprensión profunda que los estudiantes tienen sobre su relación con el medio ambiente.
Como señalan expertos en el tema, incluyendo a Róger Martínez Castillo (2010) y la UNESCO, la verdadera educación ambiental implica participación activa, comprensión de los procesos ecológicos y desarrollo de valores de sostenibilidad. Ambos enfoques pueden coexistir, pero es fundamental avanzar hacia el segundo para lograr cambios duraderos.
La institución ha dado el primer paso al mejorar la infraestructura. Ahora existe la oportunidad de profundizar ese esfuerzo mediante iniciativas que fortalezcan la conciencia ambiental, tales com;
- Participación activa en el mantenimiento: Involucrar a estudiantes de primaria y secundaria en el cuidado real de las zonas verdes les permite desarrollar conexión emocional con estos espacios.
- Educación contextualizada: Charlas y talleres que expliquen cómo la basura afecta el suelo, el agua y las plantas, conectando teoría con la realidad inmediata del colegio.
- Proyectos de aprendizaje vivencial: Iniciativas donde los estudiantes cultiven plantas, comprendan ciclos naturales y experimenten directamente los procesos de crecimiento y cuidado.
- Liderazgo estudiantil: Empoderar a grupos de estudiantes como guardianes ambientales que motiven a sus compañeros desde el ejemplo y la creatividad.
El camino hacia una verdadera cultura ambiental es un proceso gradual que requiere el compromiso de toda la comunidad educativa: directivos, docentes, estudiantes y familias. La institución ha mostrado voluntad de cambio con sus inversiones en infraestructura; ahora el llamado es a complementar ese esfuerzo con estrategias pedagógicas que transformen corazones y mentes.
Florece lo que respetamos. Si logramos que cada estudiante sienta que las zonas verdes son suyas, que su bienestar depende de ese entorno y que cuidarlo es un acto de respeto propio y colectivo, entonces habremos dado el salto cualitativo que necesitamos. Los espacios hermosos que hoy tenemos pueden convertirse en el escenario perfecto para cultivar no solo plantas, sino también valores, conciencia y compromiso con nuestro planeta.
El desafío está planteado, y la oportunidad de crecer juntos está frente a nosotros.
¿HA PERDIDO EL HOMBRE SU HUMANIDAD?
Imaginen que una de sus manos no fuera de carne y hueso, sino de metal. Imaginen que sus recuerdos más íntimos no estuvieran guardados en su cerebro, sino en la nube. Y ahora, imaginen que la inteligencia que está escuchando esta ponencia no fuera la de un compañero, sino la de una máquina.
Quizás esto suena a ciencia ficción, pero no lo es. Ya tenemos prótesis robóticas, ya almacenamos nuestra vida en servidores y la inteligencia artificial ya está escribiendo poemas, componiendo sinfonías y, de alguna forma, pensando. La pregunta que quiero plantearles hoy no es si esto es bueno o malo, sino si en este proceso de fusión con la tecnología, estamos en las puertas de nuestra propia extinción.
Durante siglos, la humanidad se ha definido por su capacidad de razonar, de sentir, de crear. Pero, ¿qué pasa cuando la máquina puede hacer todo eso, y mucho más? ¿Hemos perdido nuestra humanidad, o simplemente estamos ante un nuevo capítulo en nuestra historia, uno donde el ser humano ya no es el único protagonista?
Este es el dilema que nos trae hoy la filosofía. Y para entenderlo, no vamos a mirar hacia el pasado, sino a un futuro que ya está aquí, un futuro donde el hombre y la máquina son uno solo.
Ha perdido el hombre su humanidad? A primera vista, la respuesta podría parecer obvia. Seguimos teniendo emociones, nos relacionamos, creamos arte. Pero si miramos más de cerca, vemos que nuestra relación con el mundo está mediada, y en muchos casos, dominada por la tecnología. Desde el teléfono que nos acompaña a todas partes hasta la inteligencia artificial que aprende a imitar nuestro pensamiento, la tecnología ya no es solo una herramienta, sino una extensión de nosotros mismos.
La pregunta no busca una respuesta simple de "sí" o "no", sino que nos invita a reflexionar sobre qué es realmente la "humanidad". Durante mucho tiempo, la definimos como una esencia inmutable, un conjunto de características que nos distinguen. Pero, ¿es algo estático o es un concepto en constante construcción, influenciado por las herramientas que creamos y las ideas que generamos?
La pregunta de si la humanidad se ha perdido no es nueva. Filósofos como Martin Heidegger ya advertían sobre el peligro de la técnica. Para él, la tecnología no es neutral; es una forma de pensamiento que busca el control total del mundo, reduciendo a los seres humanos y a la naturaleza a meros recursos, a simples "existentes" listos para ser explotados. Si la tecnología nos domina, nos aleja de una relación auténtica con el mundo y nos sumerge en una lógica de control, perdiendo así nuestra conexión real con el ser. Bajo esta perspectiva, el auge de la inteligencia artificial podría ser la culminación de esta tendencia, la prueba de que el ser humano se ha rendido ante la máquina que él mismo ha creado.
Sin embargo, esta visión es solo una parte de la historia. La emergencia de la inteligencia artificial (IA) nos obliga a ir más allá. Si la IA puede procesar información a velocidades inimaginables, crear arte, componer música e incluso generar textos indistinguibles de los producidos por un humano, la frontera que definía nuestra inteligencia humana se ha vuelto cada vez más borrosa. Esto nos obliga a preguntarnos: si la IA puede hacer todo lo que consideramos "humano", ¿qué nos queda a nosotros? ¿Estamos realmente perdiendo nuestra humanidad, o simplemente estamos ante un nuevo capítulo en su evolución?
Es aquí donde la filósofa Donna Haraway nos ofrece una perspectiva radicalmente diferente en su obra seminal, "El Manifiesto Cyborg" (1985). Haraway rechaza la idea de una humanidad pura y natural. En cambio, propone al "Cyborg" (un organismo cibernético, una mezcla de máquina y organismo) como una figura que nos permite trascender las dualidades tradicionales que han definido la filosofía occidental: naturaleza/cultura, hombre/mujer, humano/animal, orgánico/inorgánico.
Para Haraway, el cyborg no es una distopía, sino una posibilidad. Es una metáfora para entender nuestra realidad, donde ya estamos íntimamente fusionados con la tecnología. Pensemos en los implantes cocleares, las prótesis, incluso en nuestros propios cuerpos que dependen de la tecnología para funcionar (marcapasos, medicamentos). Pero la fusión es más profunda: nuestra mente y nuestra identidad se han expandido en el ciberespacio. ¿Qué tan humanos somos sin nuestros perfiles digitales, sin la información que la IA organiza para nosotros?
La visión de Haraway nos libera de la nostalgia por una "humanidad perdida". En lugar de lamentar lo que hemos dejado atrás, nos invita a abrazar esta nueva forma de ser y a asumir la responsabilidad de construir un futuro ético donde la tecnología no nos domine, sino que nos potencie. La humanidad no se pierde, se reinventa. Es un proceso de co-creación con las herramientas que diseñamos.
Volvamos a nuestra pregunta inicial: ¿Ha perdido el hombre su humanidad? Nuestra propuesta es que no la ha perdido, sino que la está transformando. La humanidad no es un estado final, sino un proyecto en constante evolución. La tecnología y la IA no son simplemente herramientas, sino parte de este proceso de redefinición. La obra de Donna Haraway nos muestra que la identidad humana no es una fortaleza inmutable, sino una red de conexiones que se expande más allá de lo biológico.
El desafío no es resistir la tecnología, sino dirigirla. No se trata de temer a la IA, sino de preguntarnos qué tipo de humanos queremos ser en un mundo donde la inteligencia artificial es una realidad. ¿Cómo podemos usar estas tecnologías para potenciar nuestra empatía, nuestra creatividad y nuestra capacidad de colaborar? El verdadero acto de humanidad en el siglo XXI podría ser la sabia integración de nuestra naturaleza orgánica con las vastas posibilidades del mundo tecnológico.
Instituciones se reúnen en un foro académico para debatir el impacto de la IA en la educación
En un encuentro académico que reunió a más de diez instituciones educativas, estudiantes y docentes participaron en un foro dedicado a una pregunta tan inquietante como necesaria: ¿Ha perdido el hombre su humanidad ante los avances tecnológicos y el desarrollo de la inteligencia artificial?
El evento, organizado por la Institución Educativa German Vargas Cantillo, surgió como respuesta a una preocupación creciente en el país: el impacto de la inteligencia artificial en la educación colombiana y los retos que impone en el desarrollo del pensamiento crítico y las habilidades comunicativas de los estudiantes.
La convocatoria se realizó vía correo electrónico y contó con la participación de instituciones externas, entre ellas Fe y Alegría y el Colegio O’Higgins de Soledad. Todas se unieron para escuchar y presentar ponencias en diferentes salas temáticas, convirtiendo el foro en un ejercicio académico de diálogo, reflexión y encuentro cultural.
A pesar de algunos retos logísticos, especialmente relacionados con el internet y las proyecciones multimedia, la organización logró adaptarse con planes alternos que permitieron el desarrollo fluido del evento.
“Hubo que pensar en un plan A, B y C para que todo funcionara”, compartió uno de los organizadores.
El ambiente del foro se destacó por la apertura intelectual:
No hubo temas incómodos ni tensiones. Cada participante pudo expresarse desde la naturalidad, la crítica y la reflexión, incluso en medio de la diversidad de niveles académicos entre instituciones.
Esta diversidad no fue un obstáculo, sino un motor.
“Enriquece la conversación y refleja la realidad social del país”, resaltó el equipo organizador.
Las ciencias sociales aportaron una lectura profunda sobre cómo los contextos culturales, sociales y económicos influyen en el desarrollo de la inteligencia artificial. Por su parte, la filosofía abrió puertas a preguntas más esenciales: la búsqueda del conocimiento, la tensión entre sentidos y razón, y la manera en que la racionalidad afecta la vida cotidiana.
Integrar ambas disciplinas no fue sencillo, pero sí invaluable:
“Nunca es fácil unir campos distintos, pero el resultado es muy enriquecedor y necesario en la educación actual”.
Uno de los puntos más valiosos del foro fue su aporte directo a dos grandes desafíos educativos actuales:
la lectura crítica y el pensamiento analítico.
Entre ponencia y ponencia, los estudiantes comentaban, debatían y cuestionaban lo escuchado. Aunque esas conversaciones informales no fueron parte del cronograma oficial, sí fueron parte esencial del aprendizaje: reflexión espontánea, análisis y construcción de posturas.
Además, el foro promovió un significativo intercambio cultural. El encuentro entre instituciones permitió ampliar miradas y reconocer realidades distintas, algo que fortalece la formación ciudadana y la comprensión del mundo.
El análisis del foro se enfocó principalmente en un plano global: revoluciones tecnológicas, transformaciones sociales y cambios en la vida humana. Sin embargo, quedó claro que estos debates deben aterrizarse también al contexto local, donde se viven problemas concretos que la IA puede transformar, para bien o para mal.
Entre las conclusiones más llamativas surgió una propuesta poderosa:
realizar un congreso dirigido a docentes, no solo a estudiantes, para que también ellos puedan debatir, estudiar y comprender el impacto de la IA en la educación.
El foro dejó una certeza: estos espacios son necesarios, urgentes y profundamente formativos.
El foro no solo reunió instituciones, sino que abrió un espacio para cuestionar cómo la tecnología moldea nuestra humanidad. Lejos de dar respuestas definitivas, el encuentro sembró preguntas, despertó reflexiones y fortaleció la idea de que educar también es aprender a dialogar con el mundo que cambia.
Una conclusión quedó clara entre los asistentes:
La inteligencia artificial no le quita humanidad al ser humano; lo obliga a replanteársela.